La pesada carga de las congoleñas

POR BORYANA DZHAMBAZOVA Y PAULIN BASHENGEZI –The New York Times – 12 VII 2012

                   BUKAVU, República Democrática del Congo — Cerca de las 6.00 horas, Cesarine Maninga ata un costal de 50 kilos de carbón a su espalda y camina penosamente hacia Bukavu, capital de la provincia de Kivu del Sur, en el este de Congo.

Maninga, de 43 años, es tan solo una de cientos de mujeres que realizan esta labor cada día, al cargar bultos de hasta 100 kilos por distancias cortas. Esta mañana, espera vender makala, carbón seco que se usa para calefacción y para cocinar. Caminará casi 10 kilómetros con su carga, recorrido que hace al menos dos veces por semana.

“No tengo opción”, dijo, con amarga resignación. “Tengo que alimentar a mi familia”, 11 hijos y un esposo desempleado. Ver a mujeres como Maninga es común en Bukavu: son caballos de carga humanos.

Varios estudios internacionales han calificado al Congo como el peor lugar del mundo para ser mujer. De acuerdo con una investigación publicada en la revista American Journal of Public Health, el año pasado, 48 mujeres congoleñas son violadas cada hora. Durante años, diferentes milicias y grupos rebeldes han utilizado la violación como un arma para destruir comunidades. En todo el este de Congo durante años de guerra, las mujeres han adquirido un peso adicional: trasladar cargas pesadas.

Los caballos, los burros y los camiones son demasiado caros, aseguran los residentes. Los caminos, si es que los hay, son casi intransitables, salvo a pie.

En la ciudad, las cargadoras trasladan bienes entre el puerto a orillas del lago y el mercado, y hacen entregas para compradores acomodados. Transportan yucas y plátanos; caña de azúcar y harina; carbón, arena y leña.Cada mujer carga cientos de kilos por semana. No hay pausas para comer o descansar, solo más kilómetros para caminar a cambio de US$1 o US$2 diarios, apenas suficiente para una medida de harina o arroz.

En esta región, donde la guerra en los años 1990 diezmó la poca industria y agricultura, los alimentos son transportados en gran medida desde otros lugares, y por lo tanto son relativamente caros.

Y fueron los años de guerra, cuando los hombres murieron o regresaron a no encontrar trabajo, que  le dieron al este de Congo sus legiones de cargadoras. Entre 4 y 5 millones de personas murieron en el derramamiento de sangre y por enfermedad y hambre; muchos hombres combatían fuera de la región. Incluso después de que los varones sobrevivientes regresaron, las mujeres continuaron cargando bultos para alimentar a sus familias. Aunque la tasa de alfabetismo en Congo ronda el 67 por ciento de la población adulta, según la Unesco, muchas niñas no van a la escuela porque sus padres luchan para pagar las cuotas escolares.

Además, las mujeres son poco representadas en las instituciones políticas. Eso está lentamente en proceso de cambiar al país, pero no con la suficiente rapidez para las activistas. “Desafortunadamente, se ha convertido en una moda en la República Democrática del Congo”, señaló Solange Lwashiga, secretaria ejecutiva de un grupo no gubernamental local, la Asociación para la Paz de Mujeres Congoleñas del Sur de Kivu. “Las mujeres han reemplazado a las máquinas y han reemplazado a los vehículos”.

Esperance Lubondo, propietaria de barcos que llevan bienes al puerto de Bukavu, se cansó de ver a las mujeres que se aglomeraban para descargar sus naves. “Esta labor es tan deshumanizadora”, dijo. Fundó una Asociación de Cargadoras para mejorar sus condiciones.  Financiado por donadores y minúsculas contribuciones de los miembros, el grupo ofrece a las integrantes micropréstamos de entre US$50 y US$100 para que puedan abandonar el oficio de cargadoras y traten de desarrollar otra manera de ganarse un exiguo sustento.

Stella Yanda, quien encabeza un grupo no gubernamental llamado Initiatives Alpha, afirmó que esto también ayudaría a poner fin a lo que considera una doble discriminación. “Los hombres son mejor pagados que las mujeres por la misma cantidad de artículos”, comentó.

Yanda y Lwashiga también quieren ver una ley que limite el peso permitido de los bultos a 50 kilos. Llevar cargas pesadas inevitablemente afecta la salud de las mujeres, desde dolor muscular y calambres hasta fuertes dolores de espalda y cuello o incluso daño cerebral a causa de las cuerdas atadas alrededor de la frente para distribuir el peso.

Maninga vuelve a casa agotada. Se queja de constantes dolores de cabeza y espalda; una vez se fracturó el brazo cuando cargaba un fardo.  “A veces cargo esta bolsa sin comer nada, y cuando me la quito me siento mareada”, dijo, pero agregó, “estoy acostumbrada a ello, y no puedo parar”.

Lwashiga está de acuerdo. “No creo que este oficio desaparezca pronto, a menos de que tengamos a mujeres en niveles de toma de decisiones”, indicó. Maninga ganará unos US$3 por su carga de carbón, pero debe aguardar varios días para que le paguen. Hasta que reciba la suma completa, no puede comprar una nueva carga para vender. Cuando no logra vender su bulto, tiene que llevarlo de vuelta a su choza en las montañas.

Ahora debe esperar su próximo cargamento. Hay muy poco para comer en casa, y tiene bocas que alimentar. La parte más difícil de su día aún no ha llegado: crear algo casi de la nada.

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