Feminismo y tecnología

 

Las mujeres han contribuido más a la ciencia de lo que se reconoce; han aportado sensibilidad hacia lo humano

2 OCT 2014 – a El País

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A grandes rasgos, las mujeres han sido excluidas a lo largo de la historia del mundo de la tecnología, un campo no solo estrictamente masculino sino que también ha sido, demasiadas veces, un terreno de dominio, apropiación y explotación del ser humano y de la naturaleza. El campo abierto de investigaciones, combinando estudios feministas con estudios sobre la tecnología, revela rasgos predominantemente patriarcales, que se expresan tanto en el lenguaje como en conceptos y mecanismos característicos: la substitución de la naturaleza, la utilización y exaltación de la fuerza, el recurrente efecto reset, etcétera. Y este dominio masculino, que se manifestó claramente en episodios históricos en los que la tecnología significaba grandes construcciones, infraestructuras y maquinarias, se reproduce actualmente en el mundo de la informática, los ordenadores, Internet y la cultura digital.

Los estudios de género, tan avanzados en la cultura angloamericana y nórdica, nos demuestran, sin embargo, múltiples excepciones, muy sintomáticas. El papel protagonista de las mujeres técnicas, especialmente en Norteamérica, desde finales del siglo XIX hasta la consolidación de la arquitectura y el diseño modernos, con figuras como Christine Frederick y Lillian Gilbreth, es clave en la configuración de una modernidad que se proyecta como equilibrada y eficaz. Estas aportaciones se sitúan en la tradición taylorista y social, que en Estados Unidos tuvo representantes como Thorstein Veblen, defensor de una tecnología socializadora, creativa y responsable.

Dentro de la posición crítica con la megamáquina, argumentando la necesidad de una tecnología humanista y sistematizadora, en la línea de Lewis Mumford, hay aportaciones femeninas trascendentales, que van desde Catherine Bauer, que intentó introducir en la legislación norteamericana las condiciones de la promoción de vivienda social en Europa, hasta Jane Jacobs, defensora de las cualidades de convivencia, cuidado y transmisión del conocimiento en los barrios.

Las personas, mujeres en su mayoría, que durante la Segunda Guerra Mundial hacían los cálculos a mano de las trayectorias de los misiles y cuyo trabajo se automatizó con los primeros ordenadores, se denominaban las computers y le dieron nombre a las máquinas hoy utilizamos.

La contribución de las mujeres ha sido más clave en el mundo de la tecnociencia de lo que está reconocido, aportando una mayor sensibilidad hacia la realidad, lo humano y lo vivo

Por lo tanto, la contribución de las mujeres ha sido más clave en el mundo de la tecnociencia de lo que está reconocido, aportando una mayor sensibilidad hacia la realidad, lo humano y lo vivo. No es casual que textos pioneros sobre los problemas medioambientales fueran escritos por mujeres como Raquel Carson, que avisó de la contaminación por productos químicos ya en 1962. O que la primera casa solar fuera el resultado de la colaboración en Estados Unidos entre la arquitecta Eleonor Raymond y la científica Maria Telkes.

Ciertamente dentro del pensamiento feminista hay tradiciones distintas: una más confiada en el progreso y optimista en relación a las aportaciones de la tecnología, desde Catherine Beecher hasta Donna Haraway, y otra crítica con los abusos y los monstruos que puede generar la tecnología, inaugurada con el Frankestein de Mary Shelley y continuada hasta hoy por eminentes investigadoras como Vandana Shiva, Maria Mies o Judith Wajman.

Y si angloamericanos y nórdicos elaboran nuevas historias con las aportaciones y el protagonismo de las mujeres técnicas, en Cataluña está mucho por hacer, coordinar y visibilizar. Es curioso que desde estas páginas de opinión, las dos personas que más han argumentado una posición crítica hacia el dominio tecnológico y el espejismo de la smart city sean dos mujeres: Judith Carreras y Gemma Galdón. Es aquel aviso que ya estaba en la mitología griega: Venus defendiendo el cuidado por la naturaleza y las personas frente a la destrucción ejercida por Marte.

En Cataluña se ha reconocido la aportación de nuestras pedagogas, un poco la de las escritoras y casi nada la de las artistas. Y qué poco sabemos de nuestras investigadoras, científicas y médicas, desde Dolors Aleu, Maria Teresa Guardiola, Adela Simó o Josefina Castellví hasta Anna Veiga, Lourdes Vegas o Mara Dierseen. Son pocos los nombres de arquitectas (Margarita Brender, Anna Bofill, Beth Galí, Carme Pinós, Carme Pigem, Benedetta Tagliabue…) y mucho menos de ingenieras, como Laura Tremosa, que nos suenan. Siguen siendo campos con la figura dominante y eclipsadora del mito masculino; y seguimos siendo un país que solo permite una gran figura en cada uno de los campos creativos, culturales y científicos (Tàpies, Bohigas, Dexeus…).

Necesitamos proyectos de investigación, tesis, seminarios, exposiciones y publicaciones que visibilicen este pasado y presente invisibles. Y necesitamos medios de formación, investigación y promoción para que la Cataluña del futuro, más justa e igualitaria, no olvide estas aportaciones, no desperdicie la riqueza aportada por las mujeres, y destaque por sus investigadoras, técnicas y creadoras.

Josep Maria Montaner, arquitecto y catedrático de la ETSAB-UPC

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