El trabajo que salvó su vida

VIOLENCIA MACHISTA

Instituciones y empresas ayudan a las mujeres maltratadas a dejar atrás su pasado y construir un nuevo futuro

Participantes en la manifestación celebrada en Madrid el pasado día 7. / ÁLVARO GARCÍA

Son incapaces de mostrar la cara. El miedo las atenaza. Todavía. Aunque hayan pasado años desde que pusieron tierra de por medio con sus maltratadores. Las mujeres víctimas de violencia de géneropasan por un calvario que muchas veces resulta imposible de dejar atrás. E, incluso, cuando el temor no las oprime tanto como antes, es la vergüenza social la que las lleva a contar sus experiencias con nombres figurados, como ocurrirá con las protagonistas de esta historia. Salvo una. El fallecimiento de su exmarido le da fuerzas para retratarse con el rostro al descubierto.

Desde que el Gobierno aprobase la Ley de Medidas de protección integral contra la violencia de género, en 2004, la situación de las mujeres maltratadas ha mejorado. “Hay mayor sensibilización social. El ministerio ha hecho mucho, ha contribuido a que se tome conciencia del problema y se saque a la luz”, sostiene Ana Muñoz de Dios, directora general de la Fundación Integra. Pero el avance es insuficiente y no impide que en lo que va de año se hayan sumado 47 asesinatos al dramático contador de la violencia machista. Y siete de ellos han ocurrido esta misma semana, tras la manifestación multitudinaria convocada en Madrid para denunciarla.

Isabel de Diego ha dejado de ser víctima para convertirse en superviviente. /JAIME VILLANUEVA

El empleo es una herramienta de inclusión social para este colectivo que se caracteriza por su dependencia económica del maltratador, la falta de redes de apoyo y su desconocimiento de los procedimientos y ayudas para dejar atrás su situación. Conscientes de ello, las organizaciones sin ánimo de lucro y las empresas han unido sus fuerzas para poner en marcha de proyectos de inserción socio-laboral que les ayuden a abandonar su condición de víctimas para convertirse en supervivientes de la violencia de género, como se define Isabel de Diego.

A sus 52 años, Isabel tiene dos empleos que le permiten llevar una nueva vida tras 22 años de martirio continuado, que es como llama al matrimonio que terminó hace tres años, con la muerte de su marido en la cárcel. Esos tres años son los mismos que lleva empleada en el servicio de limpieza de una comisaría de Madrid, “una bendición” que agradece constantemente a la Fundación Integra, “porque tener un trabajo estable significa poder vivir, pagar las deudas que te dejó, relacionarte con los demás… Es tu libertad”, asegura esta mujer que completa su salario de 600 euros como asistenta en una casa y que trabaja para sí misma, no para mantener a sus tres hijos como antes.

Un antes y un después

Es otra mujer. Alguien que decide lo que quiere, que no se arredra. La misma historia que cuentan todas y cada una de las protagonistas de este reportaje. Tengan la formación que tengan y pertenezcan a la clase social que pertenezcan porque, como admite Ana, que trabaja en Repsol desde hace algo más de un año, “es un error pensar que la violencia de género solo afecta a las familias con pocos recursos. Le puede pasar a cualquiera”.

Cifras imperdonables

El contador de la violencia de género, por desgracia, no cesa. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad lo tiene bien presente. El año pasado 38 mujeres murieron víctimas de esta lacra social y más de la mitad de estos homicidios se produjeron después de su denuncia y/o con medidas de protección solicitadas o en curso. En lo que va de 2015 ya son 47 los asesinatos y desde 2003 más de 800.

Las denuncias rebasan las 62.000 en la primera mitad de este año (el todo 2014 fueron 126.742) y las órdenes de protección, 17.648. Los casos sujetos a seguimiento integral suman 51.603 (de los que 16.380 cuentan con protección policial) y los reclusos que cumplen condena por esta causa son más de 6.000.

Ana, universitaria de más de 40 años con un hijo de 11, participó en la primera de las dos ediciones del programa de Repsol 15 mujeres caminando hacia el empleo. Llegó a él cuando “no existía como persona”, tras ocho años de malos tratos, un despido colectivo en su empresa, el paro y una fuerte depresión. “Tenía miedo. No encontraba motivación alguna. Me dejé totalmente. Pero el programa me ayudó a valorarme, a empezar a fiarme de las personas, a sonreír y a levantarme sin esfuerzo por la mañana”, dice.

“Es un antes y un después. No soy la misma persona”, apoya María, diplomada en Empresariales, con cuatro idiomas y participante también en el proyecto. Esta extranjera de poco más de 35 años ha sufrido malos tratos desde hace 10. “Cuando abrí los ojos, dolió tanto que me provocó ansiedad”. Porque uno de los problemas que aquejan a estas mujeres es que tienen tal dependencia emocional de su maltratador que les hace perder su autoestima haciéndolas creer tan culpables como que no sirven para nada, lo que se suma al handicap económico a que se enfrentan cuando se separan. Así lo cuentan los expertos en violencia de género y lo admite María: “Pensaba que mi vida iba bien hasta que los Servicios Sociales me quitaron la venda con que me defendía”. Entonces llegaron las denuncias, las órdenes de alejamiento… “Temía por mi vida y, como no creía en mí misma, no estaba en condiciones de encontrar trabajo”.

El pasado enero su vida cambió. Tras dos meses de formación teórica, en los que se busca el fortalecimiento personal de estas mujeres, que descubran sus capacidades y recuperen su autoestima a través del coaching y el mentoring; además de dotarlas de herramientas para salir al mercado laboral; las participantes comienzan un periodo de cuatro meses de prácticas formativas en la petrolera para mejorar el desempeño de su futura labor profesional. “Solo son 15 con el fin de que la formación sea personalizada”, según la gerente de la Fundación Repsol, Luisa Roldán.

“Un empleo estable significa poder vivir, es tu libertad”, asegura Isabel de Diego, tras 22 años de matrimonio y malos tratos

Y así es como María puede afirmar “ahora tengo plena confianza en mí y en mis capacidades”. Cuando acabó las prácticas pudo hacer frente a una entrevista de trabajo, en la que la contrataron por tres meses y, después, se cambió a otra empresa donde está en periodo de prueba para convertirse en indefinida. “Y el miedo se esfumó, he sido capaz de salvar mi vida y me siento orgullosa”, asegura con una enorme sonrisa.

Repsol ha invertido 75.000 euros este año en este programa piloto y pionero por estar dirigido a mujeres maltratadas licenciadas y diplomadas universitarias, según la Fundación Integra, que lo ha diseñado junto a la compañía. Como las dos ediciones han sido un éxito (de las 30 mujeres, 27 están trabajando), en 2016 se extenderá a dos emplazamientos más de la empresa, que destinará 145.000 euros, indica Luisa Roldán.

El proyecto 15 mujeres caminando hacia el empleo se diferencia de los demás en que “es muy realista”, según Ana Muñoz, ya que casi la mitad de su inversión se destina a las participantes, que reciben un abono de transporte y una ayuda de 200 euros “sin los cuales no sería viable”.

La Fundación Integra, creada en 2001 para insertar en el mercado laboral a colectivos en riesgo de exclusión social, ha notado un crecimiento muy importante en el apoyo de las empresas a las mujeres maltratadas, que se han convertido en el primer colectivo para la institución, con más de 400 de los 1.500 contratos laborales que gestiona al año, “dado que las empresas no tienen prejuicios para contratarlas, como ocurre con quienes salen de la cárcel o de la droga”, indica su directora, “y que reciben bonificaciones de 600 y 1.500 euros por hacerlo, dependiendo de si los contratos son temporales o indefinidos”.

Las compañías se vuelcan con este colectivo y lo apoyan en la inserción socio-laboral. El primer paso es recuperar la autoestima

Iniciativas como Empresas por una sociedad libre de violencia de género, impulsada por el Ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad y a la que se han adherido cerca de un centenar de compañías, son un ejemplo de este apoyo empresarial, que se concreta con financiación, como en el caso de Mutua Madrileña, o a través de la contratación directa, como en el de Alcampo.

Mayor involucración

“Detectamos que cada vez más empresas quieren colaborar con este colectivo. De hecho, cuando rebrota la violencia machista y los medios de comunicación de comunicación se hacen eco, hay compañías que acuden a nosotros a proponer ayudas”, indica Carolina Conde, coordinadora de proyectos de empleo de Cruz Roja Española, que el año pasado atendió a 2.081 mujeres maltratadas, de las cuales 504 consiguieron trabajo. “De entre todos los colectivos vulnerables, las víctimas de violencia de género son las que más sensibilidad despiertan por parte de las empresas”, asegura.

Clece (ACS), Acciona, Banco Santander o Renault son algunas de las compañías que tienen proyectos de apoyo a las víctimas de maltrato.

Repsol tiene un proyecto en el que han participado 30 mujeres universitarias, de las cuales 27 están ocupadas

Para estas mujeres, “el empleo constituye una herramienta clave para superar la situación que atraviesan, pues les proporciona autonomía e independencia, refuerza su autoestima y les permite reconducir sus vidas”, opina Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco, que en lo que va de año ha orientado a 407 mujeres maltratadas, de las que el 64% han hallado empleo. El trabajo es el último paso de su recuperación, cuando llegan a él tienen que estar en proceso avanzado de restablecimiento. Además, el 70% de ellas, tiene cargas familiares no compartidas, con lo que atraviesan dificultades con el horario laboral y la conciliación, según Ana Muñoz.

Cruz Roja realiza itinerarios personalizados de inserción laboral para ellas, que incluyen un análisis de sus competencias, formación o reciclaje, ya que muchas han estado fuera del mercado laboral bastante tiempo. “Son acciones de capacitación en turismo, cuidado de personas, dependientes… formaciones de entre 100 y 200 horas que incluyen prácticas no remuneradas en empresas de dos o tres semanas dependiendo del perfil profesional de cada persona. Posteriormente seguimos trabajando con ellas en la búsqueda activa de empleo. Estos programas suelen tener un año de duración, pero se van prorrogando hasta que encuentran trabajo y también se ayuda a los hijos”, explica Conde.

Yobana G. Hurtado ha conseguido un trabajo a través de Cruz Roja y puede mantener a su hija. / KIKE PARA

Yobana G. Hurtado, auxiliar de enfermería de 40 años de edad y separada de su maltratador hace dos, ha conseguido empleo gracias a estos cursos y el apoyo “psicológico, económico y para el transporte” de Cruz Roja. Y quiere que así se sepa y para ello da su nombre real. “Me dieron la oportunidad de formarme en el cuidado de personas mayores y la asistencia a domicilio y, de repente, me llamaron para trabajar. Se acabó este empleo, volví a Cruz Roja, me abrí a mi orientadora [las mujeres maltratadas no suelen querer reconocer que lo son], me apunté en la bolsa de trabajo para víctimas de violencia de género y me ofrecieron otro contrato de tres meses, que se han convertido en cinco y dicen que me van a renovar ahora”, sostiene esta boliviana que mantiene con poco más de 800 euros a su hija, por quien se convenció de denunciar a su expareja.

Elena, sin embargo, reconoce que no puede mantenerse económicamente sola todavía, tras poner fin hace 13 meses a una relación de doce años de malos tratos que le infligía su exmarido. “Él me pasa una pensión para mis dos hijos. Y voy justa, pero no me importa porque estoy convencida de que con mi empresa llegaré a valerme por mí misma”. Es la única participante del programa de Repsol que se ha atrevido a dar el paso de emprender y ha montado su propio proyecto de impartición de talleres artísticos para niños. Ya presta sus servicios a un colegio. Y todo gracias al descubrimiento de sus herramientas y capacidades “que estaban anestesiadas”.

Pese al mayor apoyo empresarial, solo se han registrado 5.693 contratos bonificados a víctimas de violencia de género entre 2003 y la primera mitad de 2015, según datos del Ministerio de Sanidad, y 1.762 contratos de sustitución. Para recibir incentivos, las mujeres maltratadas tienen que demostrar que lo son con una orden de alejamiento en vigor o una sentencia de hace dos años, como mucho. Las que no han dado el paso de la denuncia se quedan fuera, explican Integra. Eso sí, reciben una renta de inserción; es lo que hacen más de 31.000 mujeres maltratadas actualmente. Y es que los casos que se denuncian no son más que la punta del iceberg de una lacra que afecta en España al 15% de las mujeres de más de 16 años.

Contratos precarios

Los contratos que consiguen las mujeres que han sufrido violencia de género tras realizar los programas de ayudas a la inserción de fundaciones y ONG normalmente son temporales. “Suelen durar entre tres y seis meses y estar sujetos al salario mínimo interprofesional. Son el reflejo del mercado laboral que tenemos actualmente”, sostiene Carolina Conde, de Cruz Roja. “Sin embargo, estos contratos son la puerta de entrada al empleo. Una vez que consiguen insertarse es más fácil continuar trabajando, pues las vuelven a llamar para una suplencia o para cubrir una baja”, añade. Una opinión que coincide con la de Francisco Mesonero, de Adecco, “la mayoría empiezan con un contrato temporal, con altas posibilidades de continuidad”. Sobre todo en el área de servicios, en puestos de atención al cliente, teleoperadoras, dependientas, administrativas o auxiliares de geriatría.

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