“El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres”

 

La académica Mary Beard, la intelectual de moda en Reino Unido, se adentra con el pequeño libro ‘Mujeres y poder’ en uno de los debates más calientes del momento

PABLO GUIMÓN – Cambridge 11 Feb 2018 – El País

Contemplar a la gran experta en la Roma clásica conversar amigablemente por teléfono con un funcionario anónimo de Hacienda es una manera, tan buena como cualquier otra, de reconciliarse con la Humanidad. Como toda plebeya honrada, Mary Beard paga sus impuestos. En concreto, trata de convencer al funcionario de que debe dos mil libras a las arcas públicas. La presencia del periodista no impide a Beard desplegar sus intimidades fiscales y bancarias sobre la mesa de la cocina de aire campestre de su acogedora casa de Cambridge.

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Beard, de 63 años, es la intelectual de moda en Reino Unido. Su vasto conocimiento del mundo antiguo y su proverbial talento divulgador, desplegados en obras como SPQR, permiten a Beard contextualizar y enfocar certeramente los debates contemporáneos. De ello da fe Mujeres y poder, un pequeño libro que publica en español Crítica y que, como anuncia su título, se adentra en uno de los debates más calientes del momento.

El funcionario examina su expediente y concluye que, lejos de deber dos mil libras, Beard goza incluso de un pequeño crédito a su favor. Sucede que había pagado de más. “Joder”. “Gracias, gracias”. “Es usted una joya”. Cuelga el teléfono sonriente y, para celebrar que es un poco más rica de lo que creía hace cinco minutos, descorcha una humilde botella de pinot griglio. Sirve dos generosos vasos e invita al intruso a encender la grabadora.

Pregunta. El primer ejemplo documentado de un hombre mandando a una mujer callar está en la Odisea. ¿Silenciar a Penélope, su madre, forma parte del desarrollo de Telémaco como hombre?

Respuesta. Necesitamos comprender que son problemas profundamente arraigados en la historia de la cultura occidental desde hace milenios. Con eso no quiero decir que estemos atrapados en ellos, pero debemos buscar soluciones diferentes. Cuando ves ejemplos de mujeres silenciadas en el mundo antiguo, es fácil concluir que forma parte de una discriminación general. Pero lo que muestra la Odisea es que es más que eso. Para dejar de ser un niño y convertirse en hombre, Telémaco debe aprender a callar a las mujeres. Es un silenciamiento mucho más activo. El poder del hombre está correlacionado con su capacidad de silenciar a las mujeres. Toda la definición de la masculinidad dependía del silenciamiento activo de la mujer.

  1. Si las mujeres no son atraídas a las estructuras de poder, ¿por qué la inercia histórica es cambiar a las mujeres y no esas estructuras?
  2. Pensamos en las estructuras de poder como masculinas y hacemos que las mujeres encajen, que cambien su comportamiento al acceder al poder. Acaban actuando, interpretando un guion. Pero no hay que cambiar a las mujeres, sino las estructuras. Hay que pensar qué es el poder, cómo hablamos de él, cómo está conectado a la celebridad, cómo son la imagen y el lenguaje asociados al poder. Veremos que es una versión extremadamente masculina. Poder es algo que tú tienes y yo no. Queremos grandes líderes. Pues no. Lo que queremos es grandes contribuidores. Cuando veo cursos de liderazgo en la universidad, me pregunto dónde enseñamos a la gente a ser seguidora. Un líder grande y macho con una pirámide por debajo es una de las maneras posibles, pero no la única.
  3. Se cumplen cien años del momento en que las primeras mujeres consiguieron el derecho a voto en su país, Reino Unido, y el derecho a ser elegidas diputadas. Pero hay estudios que demuestran que, aún hoy, el rol de las mujeres en los parlamentos sigue siendo el de promover legislación sobre asuntos relacionados con los intereses tradicionalmente asociados a las mujeres.
  4. Y está bien. Alguien tiene que defender a las mujeres. Pero sigue dejándolas fuera de las estructuras masculinas de poder. Siguen siendo segregadas a la sección de intereses femeninos. Hay que estar agradecido, y si yo fuera una mujer en el Parlamento también querría levantarme por las mujeres. Pero sigue habiendo una diferencia. La gente escucha a las mujeres cuando hablan de asuntos de mujeres de una manera que no las escuchan cuando hablan de economía.
  5. Usted misma, el primer libro que publicó, más allá del ámbito académico, fue un manual para madres trabajadoras (The good working mother’s guide,1989).
  6. Es fácil, le diré por qué. Cuando tienes hijos muy pequeños, dispones de bastante tiempo, pero nunca en periodos largos. Media hora aquí, 20 minutos allá. No tienes tiempo de pensar, pero tienes bastantes trozos de tiempo. Yo buscaba algo que pudiera escribir en trozos. No puedes escribir un artículo académico con 20 minutos aquí, 30 minutos allá. Por otro lado, hay algo muy curioso al tener hijos: adquieres una cantidad enorme de conocimiento y experiencia práctica, y luego todo se va a la basura. Fue juntar esos trozos de tiempo con, de alguna manera, utilizar lo que conoces.
  7. ¿Qué opina de la campaña global del #MeToo?
  8. Está siendo muy importante. Las redes sociales son muy buenas para empezar las cosas, el problema es que un hashtagno cambia de hecho nada. Si quieres solucionar el problema, no es suficiente encontrar gente que lo señale en el pasado. Tienes que cambiar el equilibrio del poder.
  9. En una reciente entrada de su blog en The Times Literary Supplement,quiso subrayar la diferencia entre comportamiento inapropiado ocasional y sistemático. ¿No defiende la tolerancia cero?
  10. No creo en la cultura de tolerancia cero porque todos hacemos cosas estúpidas. ¡No quiero un mundo en que nadie nunca sea maleducado! Pero tampoco quiero un mundo en que la gente sea sistemáticamente inapropiada. Yo, en muchas ocasiones, he hecho cosas inapropiadas. No creo que deba ser lapidada por eso.
  11. ¿Seguirá viendo películas de Woody Allen a pesar de su supuesto abuso de las mujeres?
  12. He disfrutado de películas de Woody Allen desde que tengo memoria. Hay muchos aspectos de él que deploro. Pero me iré a la tumba pensando que Annie Halles divertida. ¿Qué hacemos? Es difícil de saber. Esto es inaceptable, tío, pero también haces buenas películas. Tenemos que ser mucho más sofisticados que pensar que la gente es solo buena o mala. Hay que hallar la manera de lidiar con alguien que es brillante y horrible. Cómo manifestar nuestra desaprobación de algunos aspectos de la vida de alguien, mientras reconocemos otros.
  13. Leerla y escucharla es comprender que las respuestas no suelen ser sencillas. Pero vivimos en un mundo que demanda respuestas simples.
  14. ¡Esto es complicado! Cualquiera que diga que esto es simple es que no lo ha pensado a fondo. El papel de los académicos, y también el de los políticos, es decir, que la complejidad es buena.
  15. ¿Cuánta complejidad cabe en 280 caracteres?
  16. Cualquiera que use Twitter, yo incluida, dice cosas que no quiere decir realmente. Necesitamos un formato en el que la gente pueda expresar duda y complejidad. Debemos mejorar la conversación.
  17. Los extremos monopolizan ciertos debates en redes sociales. ¿Tienen los más moderados la responsabilidad de intervenir?
  18. Las redes sociales no han cambiado la manera en que la gente habla o piensa. Cuando yo era estudiante decíamos cosas horribles de nuestros profesores, pero lo decíamos en el bar. Twitter lo amplifica, y eso igual es bueno. Lo importante es que no tienes que decir que mi vagina huele a repollo para decir que no estamos de acuerdo. ¡Qué horrible sería un mundo en el que todos estuvieran de acuerdo! Yo tengo opiniones muy fuertes sobre muchas cosas, que encajan en los estándares del feminismo. ¿Querría que todo el mundo estuviera de acuerdo conmigo? Claro que no.
  19. Su actitud la ha convertido en referente de muchas mujeres que quieren ser valoradas por sus ideas y no por su aspecto.
  20. Es importante mostrar a la gente que puedes ser mayor y estar cómoda. Claro que me molestan ciertas cosas malas que dicen sobre mí, si no sería una psicópata, pero no me afectan demasiado. Y creo que es importante, especialmente para las chicas jóvenes, ver a una mujer mayor que está por ahí, que dice tacos, que habla de lo que sea y no es amedrentada por la gente que le dice que se calle.

IDEAS » MARY BEARD

Tómense en serio a las mujeres

El poder tiene una visión muy limitada: una estructura elitista, muy masculina y vinculada a la popularidad. Hay que cambiarla para tener en cuenta a todos

¿Qué haría falta para situar a la mujer dentro de la esfera del poder? En mi opinión, hemos de distinguir aquí entre una perspectiva individual y una perspectiva más general. Si observamos a algunas de las mujeres que lo han conseguido, veremos que las tácticas y estrategias que hay detrás de su éxito no se limitan a copiar expresiones masculinas. Un elemento que comparten muchas de estas mujeres es la capacidad de transformar los símbolos que normalmente despojan de poder a las mujeres en una ventaja a su favor. La primera ministra británica Margaret Thatcher lo logró con sus bolsos, convirtiendo al final el accesorio más estereotípicamente femenino en un verbo relacionado, en sentido figurado, con el poder político: “correr a bolsazos” en inglés es to handbag.

A un nivel incomparablemente menor, yo misma hice algo similar cuando acudí a mi primera entrevista para un puesto académico, curiosamente en la época de apogeo de Thatcher. Me compré un par de medias azules especialmente para la ocasión. Pese a que no era mi estilo habitual, esta opción aludía a un juego de palabras, ya que en inglés bluestoking, además de significar “media azul”, es una forma despectiva de referirse a los intelectuales. La lógica de la metáfora me pareció satisfactoria: “Si vosotros, entrevistadores, vais a pensar que soy una auténtica marisabidilla, os demostraré que sé lo que estáis pensando y que yo lo pensé primero”.

En cuanto a Theresa May, es demasiado pronto aún para decirlo, pero es muy posible que algún día la consideremos, retrospectivamente, como una mujer que fue aupada al poder para fracasar. En cuanto a su predilección por los zapatos de tacón bajo, tengo la impresión de que son su manera de recalcar que se niega a ser encasillada en un modelo mascu­lino, y es bastante efectiva, como lo fue Thatcher, a la hora de explotar los puntos débiles del poder conservador masculino tradicional.

El hecho de que no forme parte del mundo gregario de los chicos, de que no sea uno de ellos, le ha ayudado a labrarse un territorio independiente, y esta exclusión le ha granjeado poder y libertad. Además, como es sabido, es alérgica al mansplaining: ese término inglés acuñado a partir de las palabras man (hombre) y explain(explicar), que hace referencia al hábito masculino de explicar las cosas a las mujeres utilizando un tono de suficiencia paternalista y condescendiente.

Muchas mujeres podrían compartir perspectivas y tretas como esta, pero los grandes temas no se resuelven con trucos sobre cómo seguir explotando el statu quo. Tampoco creo que la paciencia sea la respuesta, aunque sin duda los cambios serán graduales. No obstante, teniendo en cuenta que en Reino Unido hace tan solo 100 años que las mujeres tienen derecho a voto, deberíamos felicitarnos por la revolución que todos, hombres y mujeres, hemos llevado a cabo. Dicho esto, si no me equivoco acerca de las profundas estructuras culturales que legitiman la exclusión de las mujeres, es muy probable que esos cambios paulatinos se alarguen demasiado, al menos para mí. Hemos de reflexionar acerca de lo que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra. O, dicho de otro modo, si percibimos que las mujeres están totalmente fuera de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres.

Hasta el momento, en mis reflexiones sobre el poder he seguido la senda habitual en los debates de este tipo. Me he enfocado en la política y en los políticos nacionales e internacionales, a quienes deberíamos añadir, para ser justos, un elenco de presidentes ejecutivos, periodistas prominentes, directivos de televisión y demás cargos importantes. Esto ofrece una versión muy limitada de lo que es el poder, puesto que lo correlaciona con el prestigio público (o en algunos casos con la notoriedad). Se trata de un poder de gama alta en el sentido tradicional y vinculado a la imagen de techo de cristal, que no solo sitúa a las mujeres fuera del poder, sino que imagina a las pioneras como supermujeres de éxito a las que solo unos pocos vestigios de prejuicio masculino les impidieron alcanzar la cima.

No creo que este modelo se ajuste a la mayoría de mujeres que, sin pretender ser presidentas de Estados Unidos o de una empresa, todavía sienten, y con razón, que deben participar en el poder. Dicho modelo evidentemente no atrajo en 2016 a un número suficiente de votantes estadounidenses. Aun restringiendo nuestro campo al ámbito de la política, la cuestión de cómo juzgamos el éxito de las mujeres no deja de ser delicada.

Existen infinidad de tablas clasificatorias que ofrecen porcentajes de mujeres en los Parlamentos. El primer lugar lo ocupa Ruanda, donde más del 60% de los diputados de la cámara son mujeres, mientras que Reino Unido aparece 50 puestos más abajo, con el 30% aproximadamente. Por otro lado, es sorprendente constatar que la Asamblea Consultiva de Arabia Saudí tenga un mayor porcentaje de mujeres que el Congreso de Estados Unidos. Es difícil no lamentar algunas de estas cifras y no aplaudir otras, visto lo que se ha hecho por las mujeres tras la guerra civil de Ruanda. Pero me pregunto si, en algunos lugares, la presencia de semejante número de mujeres en los Parlamentos es un indicio de que el poder no se encuentra precisamente allí.

También sospecho que no estamos siendo sinceros con nosotros mismos sobre para qué queremos a las mujeres en los Parlamentos. Numerosos estudios apuntan a que el papel de las mujeres políticas consiste en promover leyes que favorecen los que se supone que son sus intereses (la atención a la infancia, la igualdad salarial y la violencia doméstica). Un informe reciente de la Fawcett Society relacionó el porcentaje equilibrado del 50% de hombres y de mujeres en la Asamblea Nacional de Gales con el número de veces que se propusieron allí “temas de mujeres”. Por supuesto que la atención a la infancia y otras propuestas similares deben recibir la atención necesaria, pero opino que estas cuestiones no deberían percibirse únicamente como “temas de mujeres”. Tampoco estoy segura de que ocuparse de ese tipo de asuntos sea una de las razones principales por las que debamos impulsar una mayor presencia femenina en los Parlamentos.

La motivación para tener más diputadas es mucho más elemental: es flagrantemente injusto dejar a las mujeres al margen, sean cuales sean los medios inconscientes que nos guían. Sencillamente, no podemos permitirnos prescindir del conocimiento de las mujeres, ya sea en tecnología, economía o asistencia social. Si eso significa que se tiene que reducir el número de hombres en los Parlamentos —los cambios sociales siempre tienen ganadores y perdedores—, que así sea.

Pero este tipo de aspiraciones —tener más diputadas— son en realidad un muestra de que seguimos tratando el poder como algo elitista, emparejado al prestigio público, al carisma individual del llamado liderazgo y a menudo, aunque no siempre, a un cierto grado de celebridad. Nos referimos al poder de forma muy estricta y limitada, como si se tratara de un objeto de propiedad que solo muy pocos —en su mayoría hombres— pueden poseer o ejercer. Eso es precisamente lo que resume la imagen de Perseo, o Trump, blandiendo su espada [en las elecciones de 2016 en EE UU se utilizó la imagen de un Trump como un Perseo decapitando a una Hillary Clinton convertida en Medusa]. En estos términos, las mujeres como género, no como individuos, quedan excluidas del poder por definición.

No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura. Y eso significa que hay que ver el poder de forma distinta; separarlo del prestigio público; pensar de forma colaborativa, en el poder de los seguidores y no solo de los líderes; pensar en el poder como atributo o incluso como verbo (empoderar), no como una propiedad. Me refiero a la capacidad de ser efectivo, de marcar la diferencia en el mundo, del derecho a ser tomado en serio, en conjunto e individualmente.

Ese poder es el que muchas mujeres perciben que no tienen, y lo quieren. ¿Por qué se ha hecho tan popular la expresión man­splaining, a pesar del fuerte rechazo que sienten muchos hombres al respecto? Porque apunta directamente a lo que se siente cuando a uno no se le toma en serio. Así nos sentimos muchas mujeres. Un poco como cuando me dan lecciones de historia de Roma en Twitter.

¿Podemos ser optimistas? ¿Es posible cambiar esa visión del poder y de lo que este puede hacer? Quizá un poco. Me asombra, por ejemplo, que uno de los movimientos políticos más influyentes de los últimos años, Black Lives Matter [asociación de defensa de los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos], fuera fundado por tres mujeres, e imagino que pocos de nosotros reconoceríamos sus nombres, pero juntas tuvieron el poder de conseguir que las cosas se hicieran de otro modo.

Sin embargo, el panorama general es más bien lóbrego. Ni siquiera estamos cerca de subvertir aquellas historias de poder que desde nuestros orígenes mantienen a las mujeres fuera de su esfera y aprovecharlas en nuestro beneficio, como hizo Thatcher con su bolso. Incluso yo misma me he opuesto pedantemente a la representación de Lisístrata [obra de Aristófanes que, en clave de comedia, describe la primera huelga sexual de la historia llevada a cabo por mujeres] como si tratara del poder de las mujeres, aunque quizá sea así como debamos representarla hoy día. Ha habido repetidos intentos feministas a lo largo de los últimos 50 años por recuperar a Medusa [ese monstruo femenino que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos] para el poder de las mujeres. Así lo prueba el título de una reciente colección de ensayos, Laughing with Medusa, por no mencionar el uso que de ella hizo Versace en su logo. Pero no ha cambiado en nada el modo en que sigue utilizándose en los ataques contra las mujeres en el mundo de la política.

La influencia de aquellas narraciones tradicionales queda muy bien plasmada por la escritora feminista norteamericana Charlotte Perkins Gilman, aunque de forma un tanto fatalista. En 1915 escribió una novela utópica, Dellas (en inglés Herland), en la que tres hombres viajan a un país en el que solo viven mujeres que se reproducen por partenogénesis (basada en el desarrollo de células sexuales femeninas no fecundadas). Uno de ellos se casa con una de esas mujeres. En un segundo libro, el matrimonio espera un bebé, que resulta ser un varón. Las últimas palabras de esta novela son: “A su debido tiempo nació nuestro hijo”. Perkins Gilman debió de ser muy consciente entonces de que ya no había lugar para otra secuela de este mundo gobernado por mujeres. Todo lector en sintonía con la tradición occidental era capaz de predecir con exactitud quién estaría al frente de Dellas al cabo de 50 años. Aquel niño.

Mary Beard es catédratica de Estudios Clásicos en la Universidad de Cambridge y autora de SPQR: Una historia de la antigua Roma (Crítica). Recibió en 2016 el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Este fragmento pertenece al libro Mujeres y poder, un manifiesto (Crítica), que se publica el 13 de febrero.

Traducción de Silvia Furió.

 

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